sábado, 8 de agosto de 2009









"I thought this could be a chance to use my suffering to get a message across, and finally put an image on what thinness represents and the danger it leads to -- which is death...to make people react, for young girls who see this to think: 'Oh, so that's what lies behind the beautiful clothes, the hair, the image that we are shown of fashion.'"

"I know that it will take time, but I would rather go slowly and surely rather than gain weight rapidly and then fall back into losing it again," she said. "I have to get used to how I look with more weight."











Isabelle Caro siente repulsión y asco de su cuerpo. Quiere decirse que ha iniciado el camino de la curación, porque las fotos que le hizo Oliviero Toscani en el umbral del cementerio no difieren de la impresión «monstruosa» que la modelo francesa percibe ahora delante del espejo. Ha superado el estadio crítico de la distorsión. Reconoce que se ha convertido en una anciana prematura, descoyuntada y frágil.

Sus medidas son las mismas de una niña impúber. Sus manos parecen las de una difunta. «Cuando veo los carteles de la publicidad pienso hacia dentro: qué horror, qué cadáver, qué monstruo. ¿Cómo he podido llegar hasta aquí? ¿Qué me ha pasado realmente para destruirme?», se pregunta Isabelle Caro.

No es una moribunda, sino una resucitada. La tuvieron 15 horas en la UVI para rescatarla del coma en que agonizaba hace apenas un año. Pesaba 25 kilos. Y estaba «prácticamente muerta», como susurraron los médicos sin imaginar que ella escuchaba la sentencia en el duermevela. «Mis dolores eran terroríficos. Sentía calambres y latigazos. Era incapaz de mover los dedos. Experimenté la sensación del túnel. Había una luz. Un final. Creo que entonces encontré, no sé dónde, la fuerza para salir viva».

Impresiona verla de cerca. Quizá porque parece una marioneta sin hilos. Y porque sus grandes ojos azulados desafinan artificialmente entre las facciones angulosas de la máscara cadavérica. Sonríe con precaución. Habla como si le costara trabajo mover la mandíbula, aunque los estudios de canto le ayudan a proyectar la voz desde el diafragma, con esa impostura aterciopelada de una prima donna.

¿Qué razones le han llevado a prestarse como modelo de Oliviero Toscani? La pregunta se la han hecho mil veces. «Me propuso posar para él. Conocía su trabajo de fotógrafo y su valentía en la vida social. Me pareció que sería constructivo poner mi ejemplo y mis años de sufrimiento para alertar a las víctimas potenciales de esta terrible enfermedad. He conocido lo peor. Hoy en día, en cambio, he entendido que la vida merece vivirse a fondo».

Las pretensiones de escandalizar no las ocultan Toscani, la firma italiana de la campaña (Nolita) ni la propia Isabelle Caro. Ella misma declara que deseaba «asustar» con su cuerpo. Asustar y asustarse, porque la conciencia de arrastrar un montón de huesos le ha devuelto paradójicamente el optimismo. Ahora mide 1,65 metros y pesa 32 kilos. Dos más de los que señalaba la báscula el día en que se hizo las fotos. Sucedió el pasado mes de mayo, cuando Isabelle se reponía de la última crisis hospitalaria. «No he hecho este trabajo por dinero ni por darme notoriedad», aclara para ahuyentar a los críticos del mercadeo. «No es publicidad, sino compromiso. No es fácil desnudarse y mostrarse a los demás como un cadáver».

La campaña le ha permitido ganar un dinero e independizarse de sus padres. Vivió con ellos hasta el año pasado, pero las crisis conyugales en casa, la inestabilidad familiar y los trastornos de la enfermedad misma han abierto una brecha que Isabelle Caro considera terapéutica y necesaria. De hecho, ahora vive en Marsella, a 775 kilómetros de París. Regresa de vez en cuando a la capital por razones de castings y de trabajo, aunque le cuesta sobreponerse al recuerdo en cloroformo de los hospitales.

Tardó demasiado en ponerse en manos de los médicos. Y nunca lo hubiera hecho si su madre no llega a conducirla a la fuerza. Había descubierto que Isabelle, estudiante de violín, bailarina cuando era niña, actriz estatuaria en las funciones colegiales, se alimentaba diariamente con tres cocacolas light y otras tantas tazas de té.

«El peligro empieza cuando crees que controlas tu cuerpo», confiesa con cierto sobrecogimiento. «Sientes que eres capaz de modelarlo. Vas consiguiendo ser más delgada, pero nunca te das por satisfecha. Creo que hubiera cambiado de parecer si llego a encontrarme en la calle una publicidad como la que he hecho. Por eso me parecen difíciles de entender las polémicas que se han producido estos días a raíz de las imágenes».

Empezando por Francia, donde la oficina de verificación de la publicidad (BVP) ha decidido rechazar las campañas que sacudieron la opinión pública italiana el pasado 19 de septiembre. No sólo por los carteles en lugares públicos. También por las dobles páginas que aparecieron en los diarios trasalpinos, contrapunto despiadado y estomagante de cuanto anuncian edulcoradamente las casas de moda al uso.

El argumento disuasorio francés consiste en que «la imagen que representa a una persona en estado de sufrimiento por culpa de una patología atenta contra la dignidad humana y contra los códigos deontológicos». Unas y otras expresiones han soliviantado a Oliviero Toscani, aunque el antiguo fotógrafo de Benetton, testigo impertinente de la sociedad, es consciente de que la campaña de la firma de ropa Nolita ha cumplido el objetivo de remover y remover.

«Estamos llegando a tal grado de pasividad e indiferencia que no percibimos el modo en que la anorexia castiga y destruye a las adolescentes», objeta Toscani en medio del jaleo mediático. «Es necesario insistir en el debate, crear un verdadero estado de concienciación. Estamos hablando de personas que mueren. La anorexia es una epidemia».

No convence en todos los medios científicos el testimonio mudo y desgarrado de una moribunda. Marcel Rufo, máximo experto francés en enfermedades derivadas de desarreglos alimenticios, sostiene que las anoréxicas no van a sentirse concernidas por la campaña en la medida en que han perdido cualquier noción de realidad con su propio cuerpo. «Ellas creen que están bien. Peor aún, creen que necesitan adelgazar más aunque se hayan convertido en un esqueleto andante. ¿Qué sentido tiene entonces lanzar esas imágenes? Si una anoréxica se ve gorda, no vamos a curarla con un póster que atañe a un caso ajeno al suyo. Las fotos impresionarán a sus padres y sus hermanos. Pero, desde luego, no a ellas».

Las críticas no contradicen que la campaña de Toscani vaya a ceder una parte de sus beneficios a la Maison Solenn, sobrenombre de un centro de información y asistencia para adolescentes con enfermedades «contemporáneas». Marcel Rufo la fundó hace 30 años y se enorgullece de haberla convertido en referencia terapéutica. Ahora quiere dedicarse a niños que han superado el cáncer, pero no abandona el cargo sin hacer una reflexión: «Fijar un índice de masa corporal para las modelos, como en España, es sólo un golpe de publicidad para la moda española. Es mucho más determinante eliminar la idea de que hay que estar muy delgado para gustar. La anorexia es una enfermedad de la propia imagen. De la imagen que tiene uno de sí mismo».

QUERIA SER ACTRIZ

Isabelle Caro la padece desde los 13 años. La atribuye a una «infancia muy difícil», pero no se extiende en los pormenores familiares ni quiere acusar a sus padres de haber perdido de vista el camino de la autodestrucción. Quería ser actriz. Y temía que su físico no estuviera a la altura de los cánones contemporáneos, aunque su adolescencia era bastante distinta a las de sus compañeras. Casi ninguna estudiaba violín en la escuela de élite de Versalles. Muy pocas habían tomado lecciones de danza o habían competido en exhibiciones de patinaje. Menos aún tenían la formación de soprano y se habían permitido publicar un disco experimental con 21 años.

Ocurrió en 2001 mientras Isabelle se ocultaba a sí misma la voracidad con que iba consumiéndole la anorexia. Pudo refugiarse en el teatro y en algunos cortometrajes, aunque su biografía se descoyunta en 2004, cuando el deterioro de su salud la convierte en paciente desahuciada. Sus experiencias pueden leerse en su blog personal (Blog d¿Isabellacomedienne, donde también aparecen fotos suyas que reproducimos en este reportaje). Particularmente el que lleva por título Los hospitales. Recuerda Isabelle Caro que los médicos eran incapaces de encontrarle una vena con caudal para inyectarle un fármaco a vida o muerte. Tuvieron que recurrir a la arteria femoral, igual que la cornada de un toro bravo en carne viva.

«El dolor fue atroz. Estaban desconcertados con mi agonía porque nunca habían visto un caso como el mío», describe la modelo despellejada de Oliviero Toscani. Se refiere a que era científicamene inverosímil sobrevivir en semejantes circunstancias. Tendría que estar muerta, como le ocurre al 15% de estas enfermas en Francia.

«No a la anorexia», reza la publicidad de la firma italiana de Nolita. Palabra de un cadáver apuntalado. Expresión agónica de una mujer de 26 años que se expone dolorosa y pudorosamente aun estando completamente desnuda. Es la paradoja de Isabelle Caro, la contrafigura y la contrapuesta a una estrafalaria publicidad que puso de moda en EEUU una compañía de pompas funerarias. Aparecía en los carteles un tipo repeinado y sonriente. Tenía un aspecto impecable. Pero estaba muerto. Las artes de embalsamamiento le habían devuelto a un estado de apariencia saludable que justificaba el eslogan de la empresa funeraria: «¿Vivo? No, Muerto».

El caso de Isabelle es el contrario. Parece que acaban de bajarla de la cruz. La mueca del rostro es inexpresiva. Una máscara mortuoria. ¿Muerta? No, viva.

FUENTE: El Mundo.

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